EOS

Relatos de Aurora Ferrer

Espejos de albero

Foto: Chema Madoz


“ [...] Cierra los ojos para ver más claro

y sal fuera de ti para morar contigo [...]”

Extraído del poema de Carlos Marzal: “Ubi Sunt”

Escuchando: Le Moulin – Yann Tiersen


Aparqué el coche justo delante del sitio que me había marcado el GPS y procedí a sumergirme en el laberinto de las bóvedas de lo que antes, claramente, fue una iglesia. Lo primero que vieron mis ojos al entrar, fue una sala inhóspita pero agradable, luces tenues, paredes de ladrillo visto y vigas de madera encima de mi cabeza. Estas estaban adornadas por cuadros diversos, a cuál más extravagante, pertenecientes a singulares y reconocidos artistas de moda. Unos parecían mostrar trazos que intentaban mostrar a mujeres gritando, en otros sólo se veían borrones de colores con cierto tinte optimista; otro que llamó mi atención, estaba completamente pintado en negro. Se titulaba: “Arte Muerto”.


Seguí caminando mientras la madera hacía eco de mis tacones y me acompañaba con su suave crujido de vieja. A pesar de que la puerta estaba abierta y cedió rápidamente a mi presión al empujar sobre ella, no parecía haber nadie custodiándola en su interior. Decidí sentirme dueña de aquel pequeño paraíso por unos momentos y me recreé en la observación de la amplia estancia. Me fijé primero en las paredes de ladrillo visto. El color arcilla al que tan acostumbrada está mi vista de mujer de ciudad. Pero aquellos ladrillos no eran como los demás. Parecían tener cientos y cientos de años. Sus esquinas estaban picadas y su cuerpo agujereado. Con ese aire desvencijado parecían susurrar que albergaban secretos de maestros y mediocres, susurros y desesperaciones de artistas empecinados, de curas, monjas y creyentes, que habían decidido dedicar su vida a aquello tan subjetivo a lo que unos llaman arte y otros, los hombres cristianos de bien y menos bien, arte de vivir.


Anteriormente, en tres o cuatro traspasos anteriores, aquella estancia fue una iglesia. Su actual fachada e interior así lo confirmaban. Dónde antes estuvo un posible altar con un Cristo haciendo la postura de la cruz, ahora se levantaba una especie de carpa blanca, que tenía las obras de un maestro del surrealismo al que llamaban Shyrah. Por él, me había dirigido allí casi hechizada. Sólo le había visto en fotografías, pero era una auténtica discípula de su lenguaje gráfico. Encima de extensas planchas blancas verticales de madera, había colgadas obras de otros artistas. El suelo de las bóvedas había sido levantado y la anterior madera de la entrada me había abandonado bajo mis pies para cambiarse por albero. Notaba como al caminar sobre él, éste levantaba una pequeña niebla al ritmo de mis pasos, lo que me indicaba que el albero había perdido su humedad muchos años atrás.


Saliendo por un momento de mi místico hallazgo y evitando que el polvo se pegará a mis caros, relucientes y recién estrenados zapatos, giré la cabeza en ambas direcciones para ver si me observaba alguien. El silencio más absoluto parecía acompañarme. Podía estar casi segura de que allí, no había nadie. Volví mi vista al cuadro central de Shyrah y a ponerme ese aura, que como dice Walter Benjamín, invade a las personas cuando se sitúan frente a una obra de arte original, trazada por el mismo autor, contemplada sin la difusión de la copia en enciclopedias, revistas o láminas del Ikea. Mis manos, sin pararse a pensar que estaban haciendo, fueron directas a posarse sobre una de las obras de mi admirado maestro Shyrah... Intenté sentir el recorrido del trazo de su pincel sobre el lienzo. Imaginé que aquel lienzo era mi propio cuerpo. Cerré los ojos y respiré hondo, pero muy lejos de sentirme eclipsada y fascinada por mi atrevimiento, sentí una gran decepción que desembocó en frustración y esta en ira, dejando caer por mis mejillas un par de lágrimas bien sentidas. A pesar de la belleza del trazo, allí no se veía sudor, el sudor que todo artista sufre cuando está en plena catarsis de creación y acción. Cuando uno pinta, y se abandona al sentimiento que le embarga, deja huellas de la subida de su pulso, del temblor momentáneo de su mano cuando aúlla la inspiración dentro de sí, deja huella del frío sudor que cae por el cuerpo ardiendo, que denota que el sujeto sobrepasa los límites cerebrales de lo permitido. Ese sudor frío que nos empapa calando hasta nuestros huesos, mientras nuestras cruzadas piernas desnudas se humedecen y se escurren entre sí con nuestros giros de... pincel. Supe, en aquel mismo momento, que Shyrah era un hombre frío, capaz de alcanzar la belleza con un suave chasquido de su inteligencia. Allí no había sudor, ni temblores, ni restos de altas temperaturas cerebrales empleadas en rebanarse buscando la genialidad. Supe en aquel momento, que aquel gran artista que yo tanto admiraba, no le llevaba apenas un par de horas pintar sus obras. Derrochaba inteligencia en apenas ciento veinte minutos y desperdiciaba el resto del tiempo en vete a saber que aventura. No le hacía falta más. Es lo que le ocurre al genio, sin apenas esfuerzo y sin recocerse en las luchas por la maestría de los que otros hablan con la boca llena, hacen un milagro con apenas dos herramientas. Es lo que tienen los genios de diferencia con los meros charlatanes. Por eso, aquello estaba vacío, sin un loco analista de su propia obra abandonado a las greñas y las barbas, siendo humorista de su propia comedia creativa, criticándose sin cesar, lanzando cuadros al suelo y castigándose constantemente por no haber podido ser mejor al transmitir su mensaje sobre el lienzo.


Si la obra de Shyrah transmitía seguridad y firmeza, las bóvedas de las que recientemente era propietario, le daban una imagen aún más majestuosa. Empecé a sentirme fascinada hasta la médula por aquel inteligente e inspirador hombre misterioso.


Caminé por un pasillo estrecho que había tras la segunda bóveda. La luz había disminuido hasta tal punto, que apenas distinguía la punta de mis zapatos chocar contra el albero. Sin saber porqué, intenté caminar despacio, sin hacer ruido, como si fuese un forajido enmascarado atacando en la nocturnidad, con una sana, pero pícara alevosía.


Jugando en la oscuridad con la misma inocencia que hacen los gatos con las ratones, con los pajarillos y con todas sus presas, encontré a tientas a mi derecha una puerta de madera. Cedió con un leve crujido cuando posé mi mano sobre su pomo. El cuartucho, pues no se le podía llamar de esta forma, estaba totalmente vacío. Una mesa de escritorio de madera de pino, con una bandeja, grapadora, lapiceros y varios papeles desperdigados encima, al lado de una silla de enea era lo único que la amueblaban. Sabiendo que no encontraría nada que mis sentidos esperarán encontrar allí dentro, dejé que la puerta se cerrase por su propio peso. Esperé a escuchar el chirrido. El chirrido que me decía que aquella que actuaba era yo y que caminaba hacia delante aceptando las consecuencias. No era un sueño, y lo sabía. No me hizo fata el gesto inútil de intentar pellizcarme.


De repente, sin poder controlar mi gaznate, grité con voz insegura:


- Hola... ¿Hay alguien?


Solo un eco sordo de mi propia voz me devolvió la pregunta. Esperé unos segundos y volví a repetirla con voz algo más firme y confiada. El eco seco de mi voz volvió a responderme. Con cierto regusto a prohibido por el hecho de estar prácticamente delinquiendo, mis pasos continuaron avanzando. Donde mis ojos perdían el alcance del pasillo que me quedaba por andar, parecía que éste giraba a la derecha. La luz cada vez iba siendo inferior.


Una vez hube llegado al giro que me sumiría en las completas tinieblas, vislumbré al fondo una puerta entreabierta. Parecía emitir una luz de velas tras su escasa apertura. Intrigada por el juego de las puertas en la oscuridad y metida a fondo en el papel delincuente que había adoptado, me acerqué hasta ella.


Situándome para no ser vista y poder vislumbrar que ocurría en el interior, tomé aire y lancé mi cabeza y mirada tras la puerta entreabierta. Mis ojos se quedaron paralizados en un espejo y... en su reflejo. Apoyado en las paredes de ladrillo visto, un espejo de al menos seis metros por seis metros con un inmenso marco negro, estaba apoyado al fondo de la estancia en el suelo. A sus pies, un colchón tirado en el suelo con sábanas en verde oscuro. Alrededor del colchón, múltiples velas de colores que daban un aspecto exótico y misterioso a la habitación. En el reflejo del espejo, un bello cuerpo moreno y desnudo de hombre, el cuerpo perfecto de su admirado maestro Shyrah por el que en aquellos momentos estaba sintiendo algo más que devoción artística. La melena morena del artista caía por sus hombros color aceituna y se cortaba justo a mitad de su espalda. En el punto justo para dejar ver unas letras árabes tatuadas en la parte trasera de su desnudo torso. Él estaba situado frente al espejo encima del colchón, de pie, mirándose fijamente a sí mismo con la cabeza algo agachada. Sentí como mi pulso se aceleraba y como mis ojos se abrían cada vez más para captar hasta el menor de los detalles. Como una vulgar voyageur, me dejé llevar por la belleza de aquella tersa y musculosa piel del color de las aceitunas. Mi cabeza asomó un poco más por el marco de la puerta y mis ojos casi ni pestañearon en un intento de abarcar para el recuerdo, todo aquello de lo que fuese capaz.


Shyrah, frente al espejo, pasaba las manos por su propio cuerpo. Lentamente y casi en un ritmo de ritual excéntrico, acariciaba la propia musculatura de sus brazos de piel de gitano, piel curtida por los océanos, mares y desiertos que había transitado en busca del guía que, sin duda, debió indicarle muy bien el sendero hacia el nacimiento de la creatividad. No podía ver bien su rostro pues, tenía la cara levemente agachada. Seguí la dirección de su mirada tras el espejo. Contemplaba, sin serle necesario el espejo para ello, su propio sexo. Pronto dejó de acariciarse los brazos y lentamente bajó sus dos manos a compás arrastrándolas por sus pectorales y después, por su cintura hasta llegar a la zona donde le esperaban impacientes sus genitales. Vi con claridad su sexo erecto, en calidad de los noventa grados más perfectos que había visto hasta entonces en la historia. Pronto sentí cuál era la forma de exhalar la tensión creativa de mi maestro y decidí, como una vulgar voyageur, quedarme a contemplarle. Mis piernas temblaban y escuchaba como mi respiración, sin ningún permiso, comenzaba a acelerarse. Sin saber porqué, me descalcé de los zapatos y agradecí sentir el frío albero en mis pies. Arrugué mis pies una y otra vez para sentir el frío de la arena acariciando las plantas de mis pies. Eché la cabeza hacia atrás y apoyé bien mi cabeza y mi espalda sobre mis brazos junto al muro. Intenté respirar tranquila, pero la curiosidad me podía, el sentimiento era más fuerte que mi propio yo del autocontrol. Froid me hubiese tildado, como poco, de enferma obscena. Quizás llevaría toda la razón, pero que entendía ese misógino necio de belleza... Volví a mover la cabeza en dirección a la puerta. Volví a ver su bello reflejo en el espejo. Sus manos ya habían llegado a su sexo. Al menos, ya sabía que aventuras tenía cuando no tenía el pincel en la mano. Sencillamente él mismo en su soledad, amándose lentamente, sin prisas ni reparo. Él frente a él desnudo en el espejo. Él en estado puro. Mis muslos se tensaron, mi vientre se contrajo y una especie de deseo insano me mantuvo clavada sobre el frío albero en el que estaban mis pies.


De repente, Shyrah hizo un leve gesto con la cabeza, gesto con el que yo estuve segura que había notado mi presencia. Desplacé mi mirada desde el centro del espejo hacia la izquierda, y vi claramente, como yo misma, sin haberlo visto antes, estaba reflejada en él. No me reconocí en aquella escena, pero mi personaje acusaba mi presencia en el cuadro. Seguía dentro del peligroso guión. Seguía dentro de un cómico cuadro que irradiaba múltiples cosas a la vez, entre ellas luz. Una inmensa luz cegadora. Noté como el chivato e impertinente reflejo me devolvía la fijeza de su mirada. Ahora, yo era la que estaba siendo contemplada. Separó una de las manos de su sexo y la levantó hacia el espejo. Cuando pensé que uno de sus dedos se elevaría para pasar a moverse en señal de que fuese hacia él, su mano ofreció un gesto completamente contradictorio: levantó la palma de la mano en su totalidad e hizo amago de estarme frenando, como queriendo indicarme que me mantuviese tal y como estaba, en la misma posición. Parándome a pensar la situación, tampoco había pensando en acercarme. Tampoco había pensado en no hacerlo. Simplemente, me remitía a admirar la belleza que ante mí, estaba siendo mostrada.


Tras el gesto, el devolvió su mano a su propio sexo. Comenzó a tocarse mirándome fijamente, sin el menor atisbo de pudor. Mis muslos, cada vez se contraían más en un intento imposible de salirme del guión. Pero los ojos de él me cercaron en el reflejo del espejo. Veía como su boca comenzaba a entreabrirse, dejando atisbar unos jadeos con el ritmo de su propio movimiento. Desde donde estaba, olía a cera y a la mezcla de diferentes aromas exóticos que estas expelían. El calor en mi cuerpo aumentaba, mientras tan solo oía de fondo unos suaves jadeos escondidos tras el ruido del camión cisterna que pasaba en el exterior. Ni tan siquiera el ruido de los barrenderos al hacer chocar los cubos de basura contra la pared, pudo sacarme de mi estado de locura. La tentación estaba en el espejo. La tentación estaba incluso al verme a mi misma en el reflejo. Mi pulso se aceleraba y mis manos no cedían en los reiterados y absurdos intentos de estas, de colarse entre mis piernas. Razón vs pasión.


El espejo unía y a la vez separaba nuestros cuerpos. La complicidad se sentía tejida en el cristal. Mientras tanto, los barrenderos hacían un estribillo combinando el ritmo de sus golpes con los jadeos de mi maestro. Mi corazón acelerado resonaba en mi cabeza. Hacia fuego al chocar con mi pulso. Al otro lado, su cuerpo, sudaba a la luz de las velas, cubriendo su piel aceituna con pequeñas gotas que hacían brillar su piel. Sus manos, rítmicamente, continuaban su propia obra: su placer. El mío. Mi excitación, la suya. El fuego no paraba de aumentar. Ni por un segundo apartó su fija mirada de la mía. Los reflejos de nuestros ojos se miraban de forma directamente proporcional. Aquel momento era único en el tiempo. Nadie entendería jamás el influjo de aquellas dos miradas envueltas en la lujuria del reflejo de un espejo a la luz y aroma de unas exóticas velas. Nadie entendería la irreverencia de cómo una señorita contemplaba como si de una vulgar voyageur se tratase, a un gran maestro del arte masturbarse. Una obra de arte que el propio artista estaba dibujando para mí en su sentimiento más íntimo y personal; una obra que me estaba siendo ofrecida en directo y solo para mis ojos; estaba segura, que con ningún otro ser, aquella obra hubiera podido retratarse igual. Sólo era visible para aquellos ojos que pudieran ver. Para alguien que en aquel momento pudiera sentirlo en la misma intensidad que lo estaba viviendo él. Dos cerebros frente al espejo. Una única mente pensante. La irreverencia para las personas normales, pero sólo, porque ellas no entienden de arte.


Sin saber porqué, de repente, me salí del guión. Me subí a mis zapatos y comencé a correr, levantando el albero a mi paso y en dirección completamente opuesta a en la que se encontraba él. Shyrah. Corrí por el pasillo que antes vio mis lentos pasos, corrí por las bóvedas de albero. Corrí hasta llegar a oír mis tacones en el suelo de madera de la entrada. Corrí hasta llegar al coche. Shyrah.


En mi huída, sé que él vino tras de mí. Pero no pude pararme. El miedo me invadió. En aquel momento, unidos en el espejo, sé que supo que estaba pensando. En aquel momento, unidos tras el espejo, él pudo leer mi mente. En aquel momento, unidos en el espejo, sentí mi docilidad inevitable a su ser y mi falta de resistencia, dejándome al descubierto y vulnerable.

Al estilo Virginia Wolf, quemé todas sus imágenes. Todos sus libros. Todos los folletos que había conservado de exposiciones, actos e inauguraciones donde había estado de artista invitado. Quemé mis recuerdos y mis deseos en múltiples masturbaciones de insatisfacción.


Casi cuando creí haberlo olvidado, el recuerdo me dio en la cara sin piedad. Paseaba por el centro histórico camino de la tintorería. Como siempre, evitaba pasar por la acera de la pequeña galería donde Shyrah exponía obras con frecuencia. Pero en la acera de enfrente me esperaba el pasado dándome en la cara. Y es que ya se sabe, cuando se cierra una puerta, siempre se abre una ventana.


Fue un hombre anuncio quién me hizo entrega de ello. En el folleto publicitario Shyrah anunciaba su nueva exposición con la fotografía de su obra central: ella y él en el espejo. Ese mismo enunciado daba título al cuadro. “Ella y él frente al espejo. Un único reflejo.”. Un “ella” en el titular que ella sabía estaba cargado de simbolismo y connotaciones, y que no podía quedarse sin descubrir que significaba.


Cruzó la acera, pagó la entrada a la galería, bajó corriendo las escaleras hacia el sótano inferior donde estaba la exposición de su maestro y buscó el cuadro evitando que sus ojos se fijasen en ninguna otra obra. En la estancia central del sótano lo encontró. Allí estaba, entre bóvedas más modernas y paredes pintadas en un pulcro blanco que parecía hasta insultante. El tamaño era de seis metros por seis metros. Igual que el espejo de la iglesia de albero. Lo rodeaba un marco negro. Los dos estaban perfectamente retratados. Tal y como estuvieron aquel día en la surrealista realidad. Tal y como estaban también en su recuerdo. Las velas y la cama de sábanas verdes también estaban. La chica de seguridad de la galería me miró con cara de reconocimiento. Me había identificado a la primera con la chica del lienzo. Noté como mis muslos se apretaban, aumentaba mi pulso, gemía mi boca y sudaba mi cuerpo. Cerré los ojos. Olí, de repente, el olor que en su día transmitían el aroma de aquellas exóticas velas. Aquella vez tampoco era un sueño. No quise abrir los ojos. Él estaba tras de mí, consciente de mi inmovilidad y expectación. Suavemente me giró, pero no hacia él, sino que me cambió de posición. Seguí con los ojos cerrados. Noté como ahora miraba hacia la izquierda de donde antes me encontraba. Noté como se acercaba a mi oído pues me lo anunció el aroma de las exóticas velas adherido a su piel. Su piel, al igual que la mía, también ardía. Lo noté en el contacto con sus mejillas. Sólo me dijo: “abre los ojos”.


Fue al abrirlos cuando contemplé la plenitud. Frente a mí, había un espejo. Él estaba justo detrás de mi en el reflejo, agarrándome por la cintura. Veía como la chica de seguridad nos miraba, pues esta ocupaba una esquina del espejo. Shyrah me miraba a mí, fijamente, con firmeza, con la misma mirada de aquella noche entre la luz de las velas. Él y yo, unidos en el espejo. Cerré los ojos y me dejé llevar por el aroma de los recuerdos y por lo que de mí, decía y enseñaba el reflejo de aquel espejo. La mirada de sus leales recuerdos. Su mirada sobre el albero frente a mí.


Jamás me vi mejor retratada.


Ni tan siquiera, en una fotografía.


Aquello era yo, con todas sus consecuencias.


Era yo, mi yo en el espejo. Era él, Shyrah, mi maestro devolviendo mi reflejo, sin portar más que su mirada y su cabeza pensante. Cabeza a la que ahora podía oír, sin que el emitiese voz ninguna procedente de su garganta. Sin banalidades ni superficialidades. Dos cerebros reconociéndose en el nítido reflejo de aquel espejo, en dónde se les antojaba echar de menos el albero. Dos almas aparentemente iguales, atrapadas bajo aquella muralla de cristal. Una única mente pensativa que entendía, sin más, la hermandad de cuanto allí existía.


Un único reflejo ante el espejo.


Cuatro pies calientes hundiéndose en el albero.



En las carreras...



"La libertad no hace felices a los hombres; los hace sencillamente hombres.

Manuel Azaña


Escuchando: Yann Tiersen - Comtine d'un autre ete l'apr



...y entonces, tras el pésimo y temerario salto anterior que casi les hace perder la carrera y la propia vida, el jinete reconoció su fallo: se había olvidado de cabalgar. Lleno de humildad y vacío de orgullo, se detuvo un momento en seco y suavemente susurró al corcel:


"- Mejor será, querido compañero infatigable, que seas tú quién ahora lleves las riendas. Enséñame de nuevo a trotar los campos y a disfrutar del viento cortando mi cara. La objetividad y técnica de la hípica me ha hecho perder la visibilidad de lo que era la Libertad y yo, quiero volver a ser un hombre Libre. Enséñame a poder volver a sentir el placer de galopar sin límite, y de sentirme vivo sobre los lomos de tu desnuda piel. Amigo mío, recuérdame que era aquello de galopar cruzando el viento sin importar el destino de nuestros pasos y tus herraduras. Querido amigo salvaje, ayúdame a poder volver a disfrutar de la calidez de tu lomo y de la belleza que me muestras cuando voy sobre él. Recuérdame como eran las puestas de sol. Enséñame, querido amigo, a ser de nuevo un hombre completo."


Tras aquello, ambos compañeros, sin tan siquiera hacer uso de las espuelas, ni de las sillas de montar, no perdieron una sola carrera y además, por añadidura, dieron el campanazo en todas las apuestas.



A veces,
lo realmente esencial, es invisible a los ojos.



“Ella había perdido el arte de la conversación, pero no la capacidad de hablar."

George Bernard Shaw



Escuchando: Johnny Cash - Hurt


Juana estaba decida a afrontar la muerte con una sonrisa. En la cama del hospital, las luces de la noche de la gran ciudad, iluminaban a nuestra flacucha y delgada mujer sobre la cama de sábanas blancas con olor a naftalina. Nuestra enferma, miraba por la ventana. Tenía setenta y seis años y una larga vida a sus espaldas con millones de experiencias cargando sobre sus hombros. Digo cargando, siendo consciente de lo que esta palabra implica, pues Juana no había hecho cosas de las que hoy podía sentirse orgullosa. Me alejo de la escena y la contemplo. Las luces de los coches iluminaban nuestros rostros intermitentemente y con rapidez. Todo en la habitación es blanco. Lo percibo a pesar de que las luces están apagadas. Bajo sus órdenes, no hay flores ni tarjetas de ánimo. Solo un pequeño aparato reproductor que deja escuchar a un viejo y curtido Johnny Cash y un libro sobre la mesilla: “Santa Juana”, de George Bernard Shaw. De fondo, siento ese olor inconfundible: huele a hospital. También siento algo de frío o quizás más bien sea un repelús... tengo la piel de gallina, pero las luces de la gran ciudad que entran por la ventana, parecen ayudarme a estar tranquila, se hacen cómplices de mi admiración y contemplación y me dan algo de serenidad en la oscuridad. Entiéndanme, no es fácil esperar a la muerte cuando uno sabe que va a aparecer. Frente a mi turbación, podía ver como Juana, desde su cama, parecía sentirse segura. Sonreía, a pesar de notar sobre su cabeza, que sus canas ganaban espacio al tinte rubio que tan cuidadosamente días atrás, se había aplicado. Ella siempre quería estar guapa. Solía decir: “Al mal tiempo, buena cara” se llenaba de maquillaje y con la simpatía en alto, se echaba a la calle. Sonreía sabiendo que apenas le quedaban días de vida y que se había perdonado por casi todo lo que había hecho. Pero yo sabía que sólo lo había hecho con “casi todo”, y he aquí la cuestión... y mi más sincera admiración.


El tiempo es perro, muy perro, pero la vida lo es aún más, créanme. Cuando quiere se pone chula, temeraria e impertinente. Otras veces, nos deleita con sueños cumplidos o alicientes que alimentan nuestra esperanza. Otras... quieres tomar un atajo para llegar al final. Quizás por eso su adicción al tabaco le había provocado ese cáncer de pulmón: por tomar un atajo para acabar cuanto antes con esta perra vida. Y quizás por eso, tampoco sentía miedo, sabía que ya en vísperas de los ochenta años, lo que a un viejo curtido le queda, es morir con dignidad.


El tiempo pasa lentamente por nuestra piel. Roza la epidermis y se instala algo más hacia dentro de la dermis. Nos va agrietando y haciendo sentir que el tiempo, está corriendo. Tic Tac. Esto actúa en unas personas de forma distinta que en otras. En la jungla social, nos juntamos gente de todo tipo y condición: impacientes, pacientes, jugadores del tiempo y de la cuerda del reloj, los que improvisan, los que solo sienten, los que solo padecen, los que hacen magia, los que se atreven, los que sienten miedo, los que son valientes... maravillosas y mezquinas personas todas ellas, pero también, todas admirables y con vidas difíciles que cargan de sus espaldas. Vidas, que ni siquiera somos capaces de imaginar. Vidas, que si no fuera por aclamados escritores, periodistas, filósofos y escribas, no conoceríamos. No las conoceríamos... porque en el fondo, no nos interesan. Todo lo que toma demasiada distancia con nuestro ombligo, nos queda demasiado lejano y equidistante de nuestros inestables sentimientos y nuestras más que pensadas ambiciones. Como decía una querida activista: No mires a otro lado y buscando en el fondo de vuestras conciencias, reconocerlo conmigo: todos somos egoístas y en gran medida, no nos importa lo que padezcan o sufran los demás. No te incomodes ni te revuelvas en tu asiento: en eso, en algún momento de la vida, todos somos iguales.


La vida de Juana no había sido fácil. La conocí, cuando por motivos de trabajo, fui a entrevistarla. Después sabrán porqué me encargaron este trabajo: no solo porque Juana era una mujer con un carácter poco habitual en la alta esfera social, sino porque tenía una historia con mucha, mucha miga para los tiempos en los que había vivido. Yo también, en el sentido menos literal de la palabra, me prendé de ella cuando la conocí. No me malinterpreten, no estoy saliendo del armario, solo que aquella mujer disponía de la capacidad de encantar a cualquiera que se acercase a escucharla. Encantadora de serpientes podía haber sido su profesión. Desprendía vida y optimismo a raudales, a pesar, de que como les dije, su vida no había sido fácil. Juana no disponía de recuerdos hasta los ocho años, edad en que la mujer del tabernero del pueblo la acogió en su casa. Según Elisa, la mujer del dueño de la taberna, Juana apareció caminando por en medio de la placilla, con un vestido amarillo de flores lleno de barro y suciedad. Su cara blanquecina estaba tiznada de negro y su pelo rubio muy enredado y pegajoso sobre su cráneo. Tenía también, un ojo amoratado y varias heridas en el cuerpo. Los colores del atardecer, hacían más oscura la aparición en escena de la pequeña. No recordaba nada de lo ocurrido. Su sombra, era demasiado triste. Supieron después que su padre, tras matar violentamente a su madre en un arranque de celos, abusó de ella y la abandonó en medio de una carretera comarcal. A Elisa, se le encogió el alma y la acogió en su casa. Su marido no podía darle hijos y Juana, parecía una bendición apareciendo en aquellos momentos. Ellos creían en Dios y Dios les había dado a Juana. No había más que hablar. El tabernero no se negó a los deseos de su esposa y fue como la pequeña abandonada pudo disponer de una educación católica y una familia honrada, que le diese ese cariño y esos ocho años perdidos de existencia que sólo Dios sabía donde habían ido a parar. Tic Tac.


No fue hasta la adolescencia, en el momento en que su ropa interior se tiñó de rojo y tuvo que hacer uso de las gasas, cuando Juana empezó con los problemas. Los chicos fueron el camino de su perdición. Se enamoraba de todos y de ninguno a la vez, dejando al descubierto el carácter pasional que desarrollaría después. Hoy en día, este detalle puede parecer normal, pues nuestras adolescentes se empeñan en comprar el pack de mujer fatal y adulta antes de tiempo, queriendo demostrar así no sé que estupidez, pero no lo era en los tiempos de la juventud de Juana. Para hacer el cálculo descuenten a día de hoy sesenta y dos años: 1947, los tiempos de Franco. Tiempos difíciles sin duda para el amor y mucho más... para la pasión. Poco sabía Franco de estrategia al perseguir el sexo como pecado capital. Está demostrado que los políticos, si follan, son más felices; sino que se lo digan a Nixon, nadie quería follar con él y él... se acabó follando a todo el país... ¿Follaría Franco...?... Volvamos al relato, que me voy. Tic Tac.


La desgracia fue, que nuestra Juana le gustaban tanto los abrazos, los cariños y las alabanzas, que con sólo quince años, un bulto redondo hizo aparición en su barriga causado por otro bulto que ni había tenido tiempo de ver y de apreciar en su totalidad. Jamás le habían hablado de sexo ni de su desarrollo corporal cuando alcanzara la adolescencia, pero algo le dijo rápidamente que aquello, no era sólo un bulto redondo. Aquello era un marrón, y de los gordos. Pensó en como deshacerse de las pruebas de su falta de castidad cristiana, pero si nadie le había explicado que aquello podía pasar con un par de magreos, menos aún como librarse de su resultado. Pensó incluso en dejarse rodar por las escaleras de su casa. Quizás así se “aplanaría” el problema. Pero no fue capaz. Tampoco lo fue de coger las tijeras. Ella quería vivir, con o sin el bulto. Sabía que en su casa, y más en un pueblo tan pequeño y tan andaluz como aquel, jamás la entenderían ni lo aprobarían y que la máxima suerte con la que contaría, es que la casasen con el zapatero del pueblo. Vaya destino. Tic Tac. Era el momento de las decisiones: hacer las maletas y marcharse. Era el momento de mandar todo lo conocido al carajo e iniciar un nuevo recorrido imprevisto. Como diría John Lennon mucho después: “la vida es aquello que pasa mientras te empeñas en hacer otros planes”. Tic Tac.


Así, Juana y su barriga, sin más aviso ni preámbulo, al verse en manos del zapatero del pueblo, atrapada en un hipócrita matrimonio con el que ni mucho menos era el hombre de sus sueños, se fue como había venido con ocho años: sin nada. Caminó algo más de quinientos kilómetros para llegar a Madrid. Se alimentó durante semanas como pudo, teniendo incluso que ofrecer su cuerpo a paseantes salidos a los que al parecer, les ponían las preñadas. Aunque seamos francos, en aquella época, el hambre provocada por las castas prohibiciones del caudillo, devoraba cualquier moral por sana que fuese. Paseantes que después recordaría con cariño, pues, a fin de cuentas, son los que le habían ayudado a sobrevivir durante el infierno de su fuga. Había llegado viva y además, había conseguido rápidamente un trabajo, a través de una simpática y amable prostituta que vio en la calle:


- Trata de esconder esa bola chiquilla. Así ni el más salido te pagará. Vete dos calles más allá a la derecha. Busca la “Casa de Doña María”. Seguramente seas bienvenida...


A pesar de la bola de su condenada barriga, la prostituta le indicó el camino del burdel. Lo demás fue rodado, pues hubo fortuna para Juana. La dueña del prostíbulo, que ya rozaba la cuarentena, se prendó de la muchacha de cabellos rubios y ojos pardos. Lo hizo en el sentido más literal de la palabra. No se alarmen ni se incomoden en sus asientos, casi todos sabemos que hace sesenta años ya existían las lesbianas, solo que se reunían dentro del armario, lejos de los ojos de la Inquisición y el Patriarcado. En este caso, dentro del burdel para ser más exactos. Burdel que era ilegal, pero que ni la misma policía, podía evitar visitar. Si corrían malos tiempos para el sexo, imagínense para la lujuria. Pero Juana, poco atenta a las buenas costumbres cristianas, no hizo ascos y le dio a lo uno y a lo otro, resolviendo con esto el factor trabajo y hogar, en tan solo un momento. Tampoco tenía hacia ello el menor prejuicio, ni nada que objetar, quizás porque sus padres, católicos y apostólicos, no habían reparado en el detalle de que aquello podía existir y de que su dulce hija, a la que creían casta, podría picarle hasta tal punto, la curiosidad de la humedad procedente de su entrepierna.


El empleo era bien pagado y el hogar confortable para Juana. Su hijo vino al mundo entre lujuria, pasión, sexo sucio y el amor que María le daba incondicionalmente. No asignaré roles de quien hacía de madre y quien hacía de padre, pues esos estereotipos me parecen ofensivos. Dentro de lo que algunas cabezas puedan estar pensando, el pequeño José creció sano y normal. Creció y creció hasta que la muerte, la muy perra, vino y le buscó. Se llevó a su niño, a María, al burdel y a todos sus desnudos clientes dentro. La casa se derrumbó no dejando en tierra firme ningún superviviente. Tic Tac. El cielo ha caído sobre sus cabezas. El castigo divino... pasaba por allí.


Otra vez sin nada, Juana comenzó a caminar. Caminó sin saber hacia donde, llegando a una desconocida Barcelona. Otra vez, sus pies se habían resentido, las grietas se habían hecho más grandes bajo su epidermis y había perdido algo más de esa capacidad inocente de fe. Otra vez, se había entregado a caminantes solitarios que también caminaban con destino alguna parte. Solo que algunos, tenían menos grietas que ella. Con tan solo diecinueve años ya había perdido a su hijo de cuatro añitos. Contando que tenía diecinueve, sabía que podría volver a intentarlo. Como chiquilla que era, lo superó rápido, aunque las cicatrices invisibles se quedaron pegadas y adheridas en su piel. Los hechos, sobretodo los duros, son así. Nos ahogan en nuestros pensamientos durante largo tiempo. Nos martirizan y machacan hasta que consiguen agotarnos, hasta que el espíritu de supervivencia hace su aparición para poner la conciencia en marcha, que nos diga, en un acto de misericordia con nosotros mismos, que no podemos continuar así. Entonces nos levantamos y volvemos a empezar, con la seguridad de que algún día nos volverán a machacar pues la gran mayoría, no sabemos olvidar. Algunos como Juana, no tienen miedo de meterse en el charco y caerse. Otros como María, tenían asumido que un día u otro, la reforma que no había hecho a tiempo le pasaría factura y había asumido el posible desastre. Había asumido la posición de la muerte amenazante. Otros más inocentes, se habían visto aplastados por la viga, como el pequeño José. Y es que la vida, es una perra. De repente, todo lo que has construido con tu esfuerzo y cariño puede irse al carajo. Tic Tac.


En Barcelona, Juana no cambió de profesión. Empezó de prostituta en Las Ramblas, cobrando barato el servicio. Pronto, sus actitudes lujuriosas bajo las sábanas la llevaron a contentar a la gente de la alta sociedad catalana. Sobre todo, al sector de las mujeres. Esas que aparentaban castidad y pureza, pero que al igual que los hombres de aquel tiempo, ardían bajo sus estrafalarias joyas y blancos vestidos. Esa era la sociedad hipócrita de los tiempos de Franco.

Una vez más, Juana entró en juego de la doble moral social. Ganó mucho dinero y fue amante no solo de mujeres, sino de hombres de envergadura. Así pasaron varios años. Años de lujuria que Juana para su desgracia, había dejado de sentir como tal y años también de dolor, pues a pesar de haber perdido cierta inocencia con cada magreo que había tenido, no había perdido la inocencia de los que sueñan despiertos. De los que piensan como Campanilla: que existen los cuentos de hadas. Sabía que al final de algún camino, su futuro, con una familia y un marido gentil, estaban esperándola. Formarían la mejor familia del mundo y todos les envidiarían. Nadie abandonaría a nadie y viviría en lugar seguro. Le quedaba tiempo para eso, pero ya soñaba con que color grabaría las iniciales en sus sábanas... ¿acaso pensaban que las putas no sueñan? Pues sí, sueñan, y eso que nuestra Juana, en sus tiempos, no había visto Pretty Woman. ¿Podrían algún día hacerse los sueños realidad? Tic Tac.

Un día, caminando del burdel al mercado, nuestra prostituta optimista, no vio que la guardia se acercaba flechada en dirección hacia ella. Cuando hubieron llegado a su altura, al ver a los dos hombres firmes, con sus porras policiales en alto, Juana comenzó el coqueteo como era lo habitual. Pero ellos no querían coqueteo, venían ya servidos de su casa al parecer. Tenían la orden de arrestarla y llevarla al cuartelillo:


- ¡Iros al carajo! Después sois los primeros que en una mala noche con vuestra señora venís en nuestra busca... ¡pero abrase visto!

- Señorita..., y por llamarla algo... –el guardia no utilizó el respeto para dirigirse a ella- será mejor que no se resista o no pondrá otra vez su culito a la luz del sol.

- Se llama culo... imbécil ¿o es que tú mamá te enseñó a decir culito?... pero será gilipollas el mu condenao...


Dos tortas, un empujón al suelo y Juana se entregó a la autoridad. Se abstuvo de mandarles más veces al carajo. No era nada excitante sino iba a haber risas y copas de cava después así que... no hizo esperar el castigo divino y se dejó llevar ante el teniente Ramírez, un tío, que en salvando la gordura, se parecía mucho a Franco. El obeso con mostacho, de repente, se pronunció:


- Colóquese aquí, se-ño-ri-ta... –la voz burlona y con una amplia falta de respeto volvía a hacer aparición para desgracia de Juana- Entregue todas sus pertenencias y desnúdese... aunque no hace falta que lo haga por ese orden...


La voz del obeso y obseso teniente era lasciva y su mirada daba asco, pero Juana, no se resistió. Sabía que de vez en cuando detenían a alguna, sobre todo a final de mes... se pasaban un poco con ella y luego la dejaban libre. Aunque, aquella vez, ella estaba allí por hechos... más surrealistas. Tic Tac.


Tras desnudarse, hicieron su aparición dos tipos que parecían médicos, enfermeros o matasanos, vete tú a saber. La miraron cuidadosamente por todas partes, le sacaron sangre y le pidieron un poco de orina. Después la obligaron a vestirse y se la llevaron a una celda. No entendía nada, pero pronto, el teniente obeso salido con mostacho, le daría la solución al entuerto:


- Eres una puta con suerte. Seguro que un día escriben sobre ti. Nada menos que el Marqués de Saças se ha interesado por una puerca de veintitrés años como tú. Vaya clientes que tienes niña... seguro que eres de las caras... y tienes que hacerlo muy bien para que un hombre se baje a los suburbios a buscar esposa...

- ¡Tú gordo! ¡Sin ofender! – Juana no se cortó un pelo, pues chica lista y rápida, se había dado cuenta de su situación privilegiada-

- Eh tranquila niña... deberías estar acostumbrada a que te hablen así. Es lo que tienen ciertas profesiones: se es lo que se es.


Las palabras del teniente, por muy repugnantes que sonasen, le hicieron reflexionar a Juana. Quizás había llegado el momento de cambiar de vida y de profesión, pues hacia tiempo que el sexo, ya ni siquiera le proporcionaba placer ni tampoco ese equilibrio de frialdad absoluta y cinismo con la vida que le hacían sobrevivir con energía. Solo conseguía sentir placer con una persona, el citado Marques de Saças. Quizás se hubiese dado cuenta de que con él sentía placer y por eso la había detenido: venía a reclamarle el dinero por no haber hecho su trabajo y haberse dejado llevar a su conveniencia. Así de inocente y de simple era en sus pensamientos nuestra Juana, a fin de cuentas, no le había dado tiempo en la vida, a aprender nada excepto movimientos rítmicos poco dignos. Aunque sí había aprendido lo suficiente de las emociones y de la soledad, como para darse cuenta de que aquel Marqués, ya entrado en canas pero con una pasionalidad pasmosa, le causaba algo más que cosquillas en su zona genital. Se las causaba dentro del estómago. Se perfumaba y vestía para él, quien iba a verla cada sábado. Durante toda la semana, ansiaba su llegada. Era viudo y tenía una gran posición en el nuevo gobierno de Franco. De vez en cuando le decía al oído:


- Verás dulce Juana, pronto te conseguiré convertir en mi esposa. Te cambiaré la vida y serás feliz de una vez por todas.


Juana no le creía, nunca lo hizo. Se había dado cuenta de que las cosas se pierden con la misma rapidez con que se piensan. Lo mejor, era ser prudente. Lo mejor para ella: cerrar los oídos y dejar de soñar despierta.


Pero el cuento, de esos que tanto nos leen en la infancia con cierta hipocresía y maldad nuestros padres, se hizo realidad. Allí estaban los dos. Ella... y el Marqués sacándola de la cárcel. Un final de cuento que como había previsto el teniente, algún día alguien como yo escribiría. Borró la poca historia que la joven poseía y redactó públicamente un nuevo pasado para ella. Nadie sabría, excepto sus clientes habituales -previamente sobornados y amenazados- quién había sido esa chica en su anterior vida. Tic Tac. Todo lo vivido directo al carajo.


El matrimonio de los Marqueses de Saças era como uno de esos grandes helados de chocolate adornados con sombrillas, bengalas y trocitos de chocolate de colores. Era perfecto. Tan perfecto como aburrido, aunque Juana se acostumbró pronto a la vida de señora y no tardó en despertar toda la pasión que contenía en su interior para aquel hombre que estaba cumpliendo los sueños con los que soñaba despierta. Leía una y otra vez "Santa Juana" de Bernard Shaw, y se imaginaba llevando la contraria a todas las señoritingas de la época. "No eran más que unas remilgadas..." me contaba. Lo que para Juana era un auténtico problema, eran sus propios sentimientos: no sabía si aquello era lo que le llaman enamorarse. Si desprendía las sombrillitas y bengalitas que adornaban el helado de chocolate de su matrimonio, quedaba una base de la que no le gustaba demasiado al sabor. Era empalagoso y en cierta forma, algo frustrante. Sabía que podía, en cualquier momento, prescindir del Marqués, e incluso, seguía imaginándose la vida sin él y veía que era capaz de tirar hacia donde ella se propusiese, con, o sin el él. Tampoco sentía ese atontamiento que dicen te saca de la realidad y hace que lo veas todo de color de rosa. Como tampoco sabía, si pararía su vida y sus sueños por él si le entraba otro arrebato de libertad repentina. Lo que si sabía, y era a lo que se agarraba, es que en aquel momento el Marqués le hacía más feliz de lo que hasta ahora, y desde María, había sido. Por ahora, era más que suficiente. Tic Tac.


A los tres años de matrimonio, cuando regresaban de que el médico les comunicase que Juana portaba un bebé de cuatro meses en su interior, el Marqués de Saças perdió el control del vehículo y chocó de frente contra un árbol. El Marqués murió en el acto. Juana sangraba por la entrepierna y se quejaba de un brazo. Había perdido al bebé y a su marido, pero ella estaba entera. Todo se iba nuevamente al carajo.... Tic Tac... la vida es perra, la muerte, inevitable.


Al estar legalmente casados, Juana heredó una inmensa fortuna y amplias posesiones inmobiliarias, además de su título hereditario. Podría formar otra familia y seguir siendo la Marquesa de Saças. Tras la muerte de su marido, esta parecía ser una idea descabellada para la época en la que Juana vivía, pero aún así, la idea se ocultaba entre su cabellera y su cerebro que decía al unísono con ella: “¿Y por qué no?” .


No se podía decir que Juana fuese precavida con la fortuna de su difunto marido. Tenía veintiséis años y el dolor había despertado nuevamente sus deseos de lujuria, fiestas y vida de dudosa moral. Tenía también, una recolecta de algunas grietas más. Cada vez, en su rostro y en su mirada, eran éstas grietas invisibles más difíciles de no mostrar. El Tic Tac no perdona y las desgracias a raudales tampoco. Echaba de menos la calidez de no tener nada, para así no esperar mucho más. Ahora, su vida pública parecía la de una puritana que no había roto nunca un plato. Eso no era ella y a pesar de que no parezca lo correcto o adecuado, ella no estaba cómoda con la imagen que le devolvía el espejo. Un reflejo, que ni mucho menos era el suyo, sino que le había sido, una vez más, impuesto. Era lo que era y quien era, y eso, ningún traje blanco ni horrendas y excéntricas joyas, ni la careta de alta sociedad iba a cambiarlo.


De la noche a la mañana, en un arrebato de locura, cambió todo su vestuario por uno más propio de una dama de cabaret que de una señora viuda de la alta sociedad. Viendo como miradas de reprobación y prejuicios por parte de sus empleados la juzgaban a distancia, no se cortó un pelo y los despidió a todos. Esto también, fue en un arrebato: todos al carajo. Tic Tac. Volaron todos los puestos de trabajo del pequeño palacio urbano donde vivía. No quedó ni el ama de llaves. Vendió todas las posesiones, las joyas innecesarias y los caros vestidos que nunca más se pondría. Guardó todo el dinero en una cuenta y puso rumbo hacia su añorada Andalucía. Estaba harta de esa mirada, esa mirada que la sociedad dedica a aquello que no es de su agrado, esa mirada de reprobación absoluta, de asco, de compasión y vergüenza ajena. Solo unos pocos en su vida habían sabido mirarla de otra forma. El padre de su primer difunto hijo y el padre de su difunto hijo segundo. Sólo uno había podido domarla, y ahora, ese alguno ya no estaba. La perra había vuelto a arrebatarle todo lo que tenía. Tic Tac. Volver a empezar. Pero ella no iba a venirse abajo, el carajo, de momento, podía volver a esperar.


Sin ignorar que ahora sus bolsillos estaban llenos a diferencia de las veces anteriores, y siendo consciente de que podía apartarse de caer en el camino de la perdición de su anterior vida, no lo hizo. Esta vez no se lanzó a la calle, sino que se permitió llevar una vida que la dio una cuestionable reputación en una España llena de prejuicios y leyendas urbanas sobre la castidad. Si la perra iba a aparecer de repente con la guadaña, no quería que lo hiciese sin que ella hubiese descubierto lo que era aquello que llamaban amor. Esa era la única forma en que ella parecía saber buscarlo ¿cuentos de hadas? Tic Tac.


Cuando murió el caudillo, y tomando como ejemplo a Hugh Hefner, quien creó el imperio Playboy en 1953 poniendo como primera portada a Marilyn Monroe, tiró por la ventana todo el pasado que había sido borrado y se lo puso por montera. Invirtió su dinero en la creación de una revista erótica que le había ofrecido uno de sus amantes, donde ella fue la primera portada por unanimidad de todos los socios. Sí, se lo que están pensando: de izquierdas todos ellos. Una solución muy poco ortodoxa a su situación y que pocos podemos entender a no ser que le demos un par de vueltas. Repetía comportamientos una y otra vez, daba vueltas en círculos. Al parecer, nos es imposible salirnos de lo aprendido y de lo conocido. Ella, supuestamente perteneciente a la sociedad franquista se mostraba en portada totalmente desnuda para todo su país. Mostrando sus grietas, las visibles y las invisibles. Cuando la portada se imprimió, se dio cuenta de que le gustaba, y mucho, lo que veía. Había perdido todo, pero no el espíritu de supervivencia. Quizás, no era lo más moralmente aceptado ni tampoco era la mejor solución o camino, pero era lo que había dado equilibrio a su vida: ir desnuda, sin más ornamenta que lo que te vas haciendo a ti mismo, que es a fin de cuentas, lo aprendido de la vida. Lo que veía en la portada era ella: su propio ser, lo único que siempre había tenido. Ella había aprendido demasiado, se había hecho a sí misma, sin negarse jamás a nadar cuando entraba en un charco. Quizás, como decía un buen sabio, había cogido la moraleja de la vida: “demasiado corta como para que te la tomes en serio”. Tic Tac.


A pesar de que Juana había perdido todo lo que había construido en la vida, resurgió de sus cenizas y a sus cuarenta y tres años consiguió levantar un imperio editorial por si misma. Desde el punto de vista empresarial, fuese cual fuese su actividad final, Juana era una revolucionaria en un mundo que anidaba machistas en cada esquina. Disfrutó del momento.Vivió una feliz etapa hippie entre suspiros y marihuana, y llegó a los ochenta con éxtasis y locura. Lo vivió todo. Lo probó todo, menos el amor. Tic Tac. El cabrito se le resistió. Quizás es que no todas las personas tienen la capacidad de amar o quizás, sea cierto el complicado concepto de almas gemelas que los más espirituales nos cuentan, punto pesimista para los espirituales, sin lugar a dudas, ya que esto reduce poder encontrarnos con la persona adecuada a un 1%. Sea como sea el grado de espiritualidad que hubiese en el asunto o no, el caso era intentarlo, y a pesar de los golpes y de no tener menciones académicas reseñables o condecoraciones sociales, y de poseer una vida más en contra a encontrarlo que a favor, Juana lo había intentado. Lo había buscado por todas partes en aquello que le era cómodo y familiar. En aquello que no le hiciese ser una cosa distinta a ella. Lo había intentado como mejor sabía. No poseía más que experiencias en el bolsillo y millones en el banco, pero si de algo no podían acusarla era de no haberlo intentado de verás, y eso es lo que le hacía en su blanca cama del hospital, mostrarse sonriente. Llegó a aquella placilla del pueblo andaluz con ocho años sin recuerdos, portando el gesto torcido, llorando y llena de heridas. Ahora, se iba del mundo igual que en aquel momento: sola, con más heridas, pero esperando a la muerte con una paciente y amable sonrisa.


Y es que la vida, no sólo es de color de rosa como algunos gustamos de pensar. Tampoco siempre es una alfombra de pétalos de flores. Los momentos feos existen. Las calamidades también. La desgracia y el dolor son parte de las herramientas con las que estamos destinados a aprender. De nosotros depende hundirnos con ella o ponernos a remar sin hacer trampas ni coger atajos. Juana, inconscientemente quizás, había hecho trampas, había cogido un atajo, siendo penalizada con una tarjeta roja que se llamaba cáncer, pero allí estaba, despidiéndose dignamente de lo que un día fue una vida. Mejor o peor. Más o menos interesante. Más o menos digna. Pero... ¿criticable? Tic Tac. Párate a pensar. Ponte por una vez, en el lugar de los demás. Para a pensar lo que Julio Cortazar dijo en la página 33 de su libro Rayuela: “Detrás de toda acción hay una protesta, porque todo hacer significa salir de para llegar a, o mover algo para que esté aquí y no allá, ... , es decir que en todo acto está la admisión de una carencia, de algo no hecho todavía y que es posible hacer, la protesta tácita frente a la continua evidencia de la falta, de la merma, de la parvedad del presente."


Las luces de los coches seguían pasando intermitentes por nuestros rostros en la oscuridad. Cuando volví a mirarla, ella ya había cerrado los ojos. Lo siento, la perra ya ha venido a buscarte valiente Juana. Repito las dos palabras que me ha contagiado: Tic Tac. Observó desde lejos y espero, no sé si ver su alma volar, o que un milagro la vuelva a traer a la vida. A fin de cuentas, ha dado esquinazo a la perra muchas veces. Pero esta vez parecía que no, que el carajo, por más que ella lo había intentado, no podía esperar. Tic Tac. Su tiempo en el mundo, ahora sí, había acabado. Juana se había ido con toda la dignidad que fue capaz. Sea esta dignidad, de nuestro agrado, moral y gusto... o no. No todos tenemos las mismas oportunidades pero si tenemos algo en común: venimos desnudos y solos, y llega un momento que el carajo no puede esperar y nos vamos igual que venimos. Cuando ves a la muerte venir a por alguien, te planteas que depende más de ti y de tu actitud que pases con más pena que gloria por la vida. El caso, es ser revolucionario y conseguir llevar las riendas. Piensa solo en una cosa: lo que pensarás de ti mismo en el momento que tus ojos se cierren, en el momento que tu carajo ya no pueda esperar más. Tic Tac.